tiene buena memoria

Del glam al art-rock: la etapa de plenitud de David Bowie y los antecedentes de “The Next Day”

Publicado: 2013-03-11

Con motivo de la edición de su nuevo álbum, el primero en diez años, repasamos cómo fue el Bowie más experimental, paso necesario para entender las claves del trabajo que se publica hoy

Si hubiera que escoger un músico representativo del siglo XX, la respuesta sería prácticamente unánime. Bowie es la quintaesencia del über-artista, capaz de meterse en todos los jardines imaginables, salir airoso de ellos y encima sentar cátedra. Pero si queremos por qué Bowie tiene esa dimensión casi mítica hay que fijar bien la vista en dos etapas claves de su discografía: el glam y Berlín.

La línea que separa el talento de la genialidad es aparentemente fina, pero cruzarla es una gesta casi épica: en el intento, es fácil terminar haciendo el mayor de los ridículos, pero si se logra franquear, la recompensa es la inmortalidad. Nadie discute que David Bowie es uno de los afortunados que ha logrado pasar a la historia gracias a su talento... y a la cantidad de horas de trabajo invertidas en él. Aquí no pretendemos escribir una biografía del hombre con un ojo de cada color (fruto de una pelea, por cierto), sino analizar las fases más productivas de la carrera de Bowie, las que le han convertido en esa leyenda por derecho propio. Sin acercarse a su etapa glam y a los discos berlineses, no sólo es difícil ubicar el último trabajo de Bowie, sino que resulta también complicado entender la importancia de su legado.

El joven David Jones empezó siendo un chico con talento, uno más entre las hordas de jóvenes que aspiraban a hacerse un hueco en el efervescente “swinging London”. Ya de pequeño dio muestras de tener habilidades musicales superiores a las de sus compañeros de clase, y en seguida optó por estudiar no sólo música, sino además, arte y diseño, algo que sin duda le ayudó más tarde a crear esa forma global de entender la música, más allá de las canciones registradas en formato disco, como le sucede a buena parte de los artistas. Fue en su primera juventud cuando tocó el saxo con algún que otro grupo mod. Pero aún nada diferenciaba al joven David Jones de tantos otros. Entonces se cruzó en su camino Lindsay Kemp, actor, mimo, coreógrafo y bailarín, que se convirtió en su mentor y enseñó al joven David la importancia de la teatralidad, la puesta en escena, los movimientos. No hay que ser un lince para darse cuenta de que Bowie no sólo sacó partido a las lecciones, sino que además las aplicó como nadie lo había hecho hasta entonces en el mundo del pop. Para entonces, Jones ya se hacía llamar Bowie, pero es a partir de ese momento cuando además empezó a serlo, un Bowie que empezó a tomar forma en “Space Oddity” (1969) pero que no emergió en todo su esplendor hasta 1972, gracias a ese alter ego llamado Ziggy Stardust.

Bowie Stardust

“Yo es otro”, afirmó Rimbaud. Y todo yo se convierte en otro sobre un escenario, no hay artista que no juegue con la alteridad, los hay que incluso han acabado devorados por el personaje. Bowie fue más allá: se creó un doppelgänger de otro planeta, en todos los sentidos. Ziggy Stardust es un alien que aterriza en la tierra con un mensaje esperanzador y convertido en estrella de rock, y fue precisamente el álbum “Ziggy Stardust and the Spiders from Mars” el que hizo de Bowie esa estrella que es ahora.

"Bowie desafiaba cualquier convención con ese personaje andrógino, más pansexual que bisexual"

Ziggy Stardust, el personaje, estaba inspirado en el cantante Vince Taylor (a quien Bowie conoció y que tras una crisis se creía un cruce entre un dios y un alien), en Kansai Yamamoto (quien le diseñó los trajes para el personaje) y en el “legendario” Stardust Cowboy, uno de los pioneros del psychobilly. Pero el propio Bowie-Stardust se define en la canción “Moonage Dream”: “soy un caimán / soy mamá-papá viniendo a por ti / soy un invasor del espacio / por ti seré una puta del rock and roll”. En cuatro líneas no sólo clavaba su personaje, sino todo aquello que el rock representó para la sociedad en los años 50 y 60, cuando escuchar rock aún era algo absolutamente transgresor, un corte de mangas adolescente a los valores paternos y escolares, un acto de rebeldía no asumido por el sistema. Y de paso, desafiaba cualquier convención con ese personaje andrógino, más pansexual que bisexual: Bowie Stardust se enfundaba en ceñidísimos, escotados y coloridos trajes, se subía a tacones imposibles y se maquillaba de forma exagerada y precisa. No jugaba al travestismo.

Musicalmente, “Ziggy Stardust” es la piedra angular del glam. Cierto es que fue Marc Bolan quien realmente marcó el camino del género, pero igual que con el cubismo, Juan Gris y Picasso, fue Bowie el genio que supo dar con la forma adecuada, quien trascendió la mera anécdota en las páginas de la historia del rock y elevó el glam a una dimensión mucho más seria y conceptual, más allá del divertimento hedonista de las canciones de T. Rex, de las lentejuelas y los brillos. Bowie aprendió de Bolan y Mick Ronson, pero finalmente les terminó haciendo sombra. Para Bowie, además, el glam era un excelente vehículo no sólo para explorar ese personaje creado a medida, sino también diferentes géneros musicales. Lejos de limitarse al glam en canciones como “Hang On To Yourself”, también le aportó aires remozados incluso a canciones cercanas al heavy (suele decirse que son las guitarras de Ronson las que inauguraron el género), al pop de aires nostálgicos y al rock de corte clásico de canciones como el “Drive in Saturday” o “Watch That Man” de “Aladdin Sane” (1973), un álbum que además contenía un juego de palabras (“Aladdin Sane” se lee igual que “a lad insane”, un tipo loco), un álbum conceptual sobre la esquizofrenia y un homenaje a su hermano Terry, a quien le diagnosticaron la enfermedad. De hecho, el rayo que luce Bowie en su cara en la portada vendría a representar esa dualidad que provoca la enfermedad. De nuevo, Bowie jugando con la alteridad, con el döppelganger, con ese otro yo que retomó para el vídeo de presentación de “Where Are We Now”, con ese ser bicéfalo compuesto de la cabeza de Bowie y la de Jacqueline Humphries, mujer de Tony Oursler (director del vídeo), en uno de los múltiples guiños que Bowie hace a toda su carrera en su último trabajo.

En estos prolíficos años, David Bowie también tuvo tiempo para producir el “Transformer” de Lou Reed y el “Raw Power” de Iggy Pop, dos de las piedras angulares del rock de los 70.

“Aladdin Sane” cerró su ciclo glam, y habría que esperar a los 70 para encontrarnos con el Bowie berlinés, un Bowie mucho más experimental pero igualmente efervescente.

Bowie en Berlín

El Berlín que conoció Bowie no es el que ahora se ha popularizado, sino uno bien distinto, inmerso en plena guerra fría. Un Berlín en el que resistir a una vida gris, marcada por la opresión, por ese omnipresente muro inaugurado en 1961 y que recordaba a cada segundo que el mundo estaba dividido y en perpetuo estado de amenaza. A ese Berlín sombrío llegó David Bowie en 1976, un Bowie saturado de fama, fascinado por el expresionismo alemán y a punto de reinventarse una vez más. Allí compartió piso con Iggy Pop, pero sobre todo, comenzó su etapa más experimental, gracias a su colaboración con Brian Eno.

“Low” (RCA, 1977)

Si la etapa glam de David Bowie se caracterizó por el artificio, el color y el exceso, en la trilogía de Berlín, integrada por“Low” (1977), “Heroes” (1977) y “Lodger” (1979), lo que dominaban era la sencillez, la sobriedad y una mirada a oriente que se tradujo en el uso de instrumentos tradicionales japoneses como el koto y hasta en una forma de componer imbuida por el zeitgeist de la era fría, como en el “Warszawa” de “Low”. No en vano, el propio Bowie dijo en una entrevista que “Berlín tiene la extraña habilidad de hacerte escribir sólo sobre las cosas importantes. El resto no lo mencionas... y al final produces “Low””. Sin duda, la trilogía berlinesa no está compuesta por los álbumes más accesibles de Bowie: están imbuidos de melancolía (especialmente “Low”, cuyo título le va como anillo al dedo), abundan los temas instrumentales y a veces se acerca mucho a las músicas del mundo (“Lodger” tiene influencias árabes más que evidentes, basta con escuchar “Yassassin” para constatarlo). Están a años luz del Bowie accesible, rockero y mediático que triunfó en los primeros setenta. Las canciones han dejado de ser tarareables (a excepción de “Heroes”), pero hasta compositores como Phillip Glass se descubren ante la trascendencia de estas grabaciones, que abrieron el camino a muchos grupos que vendrían después, que enseñaron el camino para aunar pop, electrónica y vanguardia. De hecho, cuando se quiere rendir homenaje a Bowie, los más avispados no se fijan en canciones como “Rebel, Rebel”, sino en la portentosa trilogía, como está haciendo ahora Beck.

“The Next Day” (Columbia, 2013)

Tony Visconti, productor del último trabajo de Bowie, también estuvo presente en la trilogía berlinesa. No es de extrañar pues que en “The Next Day” sean profusas las referencias a estos álbumes, unas referencias que trascienden lo meramente musical y que van aún más allá: en una de esas vueltas de tuerca a las que Bowie es tan aficionado, la portada no es ni más ni menos que la del “Heroes”, con la fotografía cubierta por un gran cuadrado blanco y el título tachada y reescrito. Ahora lo llamarían cultura del remix, pero viniendo de Bowie, más bien se puede interpretar como un soberano corte de mangas a la mitomanía y al pasado (pocas canciones son más reconocibles que la que da título al segundo álbum del tríptico de Berlín).

Tras una larga gira que le llevó por doce países y durante la que publicó “Stage”, Bowie completó su trilogía con “Lodger”, que si bien no se grabó en la ciudad alemana, el propio Bowie lo incluye en la trilogía por el acercamiento compositivo con el que lo abordó. De nuevo volvemos a encontrar la fascinación por continente lejanos (África y Asia), que planea por todo el álbum, en el que las canciones de corte más clásico (“Boys Keep Swinging”) se dan la mano con “Red Sails” y “Red Money”, un experimento de avant-pop que en su versión más comercial daría paso a más adelante a“China Girl.

Ese Bowie libre de artificios, sin alter ego alguno y que también bebía del krautrock, es el que los fans más tardaron en entender y encajar, pero es el que ha convertido a David Bowie en el referente que es hoy, ése fue el momento exacto en que traspasó la línea de la que hablábamos al principio, la que separa el talento de la genialidad. No es de extrañar que a sus 66 años, David Bowie se mire en él tras una década de silencio: “Dirty Boys”“Love Is Lost”, “Boss of Me”, “Heat” y el single con el que rompió su mutismo, “Where Are We Now?” tienen muchas de las claves de “Low”, “Heroes” y, en menor medida, “Lodger”, el más flojo de la trilogía, pero no por ello irrelevante.

Con el cambio de década, Bowie volvió a Berlín, a la música fácil de digerir y a las colaboraciones con grupos de la talla de Queen. Pero para entonces, la superestrella era él. El resto, es leyenda.

*Entra y descubre los 66 rostros de David Bowie que hemos preparado en esta fotogalería.

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FUENTE: http://www.playgroundmag.net

Por: Carolina Velasco


Escrito por

Homero Ríos Mija

Literatura y cero novedades........


Publicado en

Duda Hache

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